Amor en tiempos de cleptocracia

Historia escrita por Carlos Alvarado

“El amor no es un negocio ni una filosofía, es una práctica de vida, sobre lo que podemos luego filosofar. El amor no es político, pero sin amor la política es un negocio. El amor es cultura, es identidad, es goce y sufrimiento a la vez, puede ocupar el tiempo de ocio, pero no es un ocio ni un vicio, no debe ser ni una enfermedad que nos mata, ni puro altruismo.”

Pedro Rodríguez Rojas, El Impulso, 2017.

Claudia y Sofía se miraban fijamente con ardua vehemencia. Sus miradas eran de ternura, rebosaban de amor y tentaciones; no hacía falta el habla, pues sus miradas expresaban más que cualquier oración. Eran pura pasión encarnada.

Fue Claudia quien, con disimulo, interrumpió aquella conexión, mirando hacia arriba, reafirmando su temor. Las nubes se tornaban en oscuridad cubriendo el cálido azul del cielo. 

Aquella amenaza de lluvia no les importó al principio. Decidieron quedarse a disfrutar de su mutua compañía, llena de sonrojos y miradas evocadoras, y así fue hasta que la amenaza terminó por cumplirse. La lluvia se desató y Claudia y Sofía corrieron en busca de refugio. Ninguna se salvó de la lluvia, y siguieron corriendo y corriendo… hasta dar con una parada de transporte público, una de esas que ofrecen su techo cuando el sol envuelve con su calor, o cuando cae la lluvia, y allí estuvieron durante unos minutos, de pie y empapadas con el pensamiento de que aquellas nubes estaban de paso.

No fue así, y al darse cuenta de que la lluvia no se frenaría decidieron tomar un descanso. Se sentaron en el banco de la parada a esperar. 

Ambas mujeres estaban heladas, llenas de escalofríos que les erizaban y recorrían la piel. Claudia, al percatarse de ello, abrazó a Sofía sin vacilar, reviviendo por un momento la expresividad, calidez, tentación y amor que ofrecía el encuentro de sus miradas momentos atrás.

Claudia sucumbió a la tentación de besar a su amada Sofía en la fría mejilla, una tentación tan inocente como la de un niño. En eso, se detuvo frente a ellas una patrulla de la policía.

Claudia y Sofía, fotografía de Carlos Alvarado.

Ambas quedaron inmóviles frente a la aparición del coche, aunque sin interrumpir su abrazo. Miraban fijamente la ventanilla del copiloto que iba descendiendo. Desde el interior de la patrulla, dos miradas que no dejaban de verlas sin una evidente indignación

Eran dos guardias nacionales, un hombre y una mujer uniformados. Desde la patrulla les pidieron a las mujeres sus cédulas de identificación. El abrazo entonces se interrumpió y ambas entregaron lo que les pedían.

Los guardias inspeccionaron las identificaciones, las inspeccionaron a ellas, y les dijeron: “Súbanse”.

Esta palabra fue suficiente para petrificar a Claudia y a Sofía, sus pensamientos se detuvieron, pues ambas sabían lo que aquello significaba.

Claudia fue la primera en reaccionar, sabiendo que no había otra opción, pues si se resistían o intentaban correr nada más empeoraría las cosas. Vio a Sofía y con la mirada ambas comprendieron que no había salida. El guardia entonces repitió en un grito: “¡Súbanse!”.

Ambas se metieron en la parte trasera de la patrulla, sin poder pensar en nada, tanto sus cuerpos como sus mentes detenidos por los guardias nacionales. Mientras la patrulla arrancaba las dos se miraron fijamente, y pronto sintieron que el aire dentro del coche era irrespirable. 

Claudia y Sofía, fotografía de Carlos Alvarado.

Los guardias permanecían en silencio, hasta que doblaron en una esquina y el que iba al volante alzó la voz, indignado: “¡Cómo se les ocurre hacer eso en un lugar público, lo que hacen es un delito!”. La mujer que iba de copiloto no volteaba a verlas. Claudia y Sofía inmóviles por el vozarrón del guardia. 

—¿De qué se nos acusa? —preguntó Claudia.

—De acto lascivo en vía pública —dijo el guardia al volante.

—¿En dónde sale eso? —preguntó Claudia.

El guardia no le contestó. Miró a su compañera indicándole que buscara en el celular lo que ella preguntaba.

—¿A dónde nos llevan? —preguntó Sofía.

—A un C.D.I para que les hagan un informe médico y así poder procesarlas —dijo la mujer que iba de copiloto.

Claudia y Sofía se miraron de nuevo. Atrás había quedado en su mirada la expresividad, la calidez, la tentación y el amor de antes, para dar paso al temor, al pánico, acompañados de la creciente dificultad para respirar en este ambiente.

Claudia sintió de nuevo una tentación infantil; quería tomar de la mano a Sofía una vez más, pero el temor la mantenía inmóvil en su asiento, con miedo frente a las consecuencias. Permanecieron en silencio hasta llegar al Centro de Diagnóstico Integral, por sus siglas conocido como C.D.I. 

Bajaron primero los guardias y luego las mujeres. Aún no paraba de llover y ellas se dieron cuenta de que en la patrulla no era el único sitio en donde les costaba respirar. Entraron al C.D.I y los guardias le hicieron señas a una enfermera de turno para que los atendiera.

Claudia y Sofía, fotografía de Carlos Alvarado.

Se encaminaron hacia la recepción y allí la enfermera solo les preguntó dónde vivían. No hubo ningún examen. La mujer les indicó a Claudia y Sofía que firmaran otro documento, que le fue entregado a los guardias, y era lo único que ellos necesitaban.

Se dirigieron de nuevo hacia la patrulla, el miedo en las miradas de Claudia y Sofía no se disipaba; permanecían abismadas por el temor a lo que podría pasar. Al subir a la patrulla, la mujer uniformada les mostró en qué lugar se indicaba que un abrazo y un beso en la mejilla era un acto lascivo. Apenas dieron una ojeada, les retiró el teléfono.

—Eso sale en el Código Penal y puede ser castigado con hasta diez días de encierro —dijo la mujer.

El aire se tornaba para ellas más insoportable, les costaba respirar ahora más que nunca.

—Ahora vamos a los tribunales —dijo el guardia que conducía.

—Hoy es viernes y ya son más de las cuatro —dijo su compañera.

—¡Sí es verdad!

—No las verán hasta el lunes porque los tribunales cierran los fines de semana — dijo la mujer mirándolas de reojo.

—Y ¿ahora? —preguntó con sarcasmo el guardia al volante. 

—Vamos a tener que dejarlas en el calabozo el fin de semana —dijo la mujer.

Un ruido invadía el ambiente dentro de la patrulla, un ruido que buscaba llenar el silencio, desquiciante, lleno de pánico; un ruido que se mantenía incesante y que las acosaba, las obligaba a sudar y el temor les impedía incluso mirarse.

—Si yo estuviera en su lugar —dijo la mujer uniformada— buscaría la manera de salir de esto.

La espera, la espera de un soborno que les alegrara el día.

—Avísenle a alguien que van a pasar el finde encerradas —exclamó el guardia al volante.

Sofía buscó en su bolsillo el celular y empezó a registrar entre sus contactos alguno que pudiera ayudarlas. Llamó desesperadamente a un amigo, quien le dio el número de una abogada.

—Aló —dijo la abogada—, buenas tardes.

Su voz era para ellas tranquilizante, un pequeño atisbo de luz en medio de la oscuridad. Sofía le explicó la situación y la abogada pidió hablar con los guardias, quienes hicieron caso omiso a lo que ella decía. Cortaron la llamada. Volvió con fuerza el mismo ruido dentro de la patrulla, esta vez insoportable.

Claudia y Sofía, fotografía de Carlos Alvarado.

Ellas se rindieron a la realidad: pasar la noche en aquel calabozo junto a los demás detenidos. La lluvia no cesaba aún y los guardias no paraban de repetirles: “Si yo estuviera en su situación, buscaría la manera de salir de esto”.

Luego de una hora, Claudia y Sofía estaban ahogadas de pánico, de frío, trastornadas y jadeando en medio del ambiente irrespirable. La patrulla se detuvo junto: “Si yo estuviera en su situación, buscaría la manera de salir de esto”. Hasta que el guardia, con una aparente derrota en la voz, dijo:

—Salgan. Váyanse. Deberían de estar agradecidas.

Claudia y Sofía salieron en medio de movimientos inconscientes. Sus mentes aún paralizadas por el pánico, las nubes descargadas, los rostros estupefactos que reaccionaron ante la nueva situación. Instintivamente, se abrazaron. La calidez volvió a sus cuerpos, así como la tranquilidad.

La patrulla arrancó de nuevo y desapareció mientras ellas aún estaban unidas en un abrazo. La pesadez desapareció y recobraban por fin el aliento. Lágrimas brotaban de sus ojos. Llovía injusticia. 

Un mes después, Clara y Sofía se habían separado… por azares de la vida.

Claudia y Sofía, fotografía de Carlos Alvarado.

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