El recuerdo de lo que fue Cadafe

— Corrían las navidades del año 2004. A todos los empleados de Cadafe se les obsequiaba una copiosa cesta navideña que apenas cabía en el maletero del coche. Jamones, embutidos, vinos, aceites, enlatados de la mejor calidad del mercado: tan solo algunos de los productos que componían la enorme cesta de mimbre, envuelta en papel transparente y decorada con un vistoso lazo navideño. Eran los últimos años dorados de Cadafe. 

Con el pasar de los años, los nombres de la directiva y de la misma compañía cambiaron. El enrejado azul característico, que rodeaba la fachada principal, fue entonces cambiado por un color rojo vivo. Los pasillos y ascensores, antes pulcros y atestados de empleados, fueron quedando vacíos, con la única compañía de afiches, cuadros y eslóganes políticos.

Del centro médico interno de la empresa, antes aclamado por su eficacia, no quedó más que una sala de espera y habitaciones vacías, en donde permanece todavía la sombra de equipos y personal desaparecidos. “Hoy en día no hay ni un tensiómetro”, dice una mujer en las afueras del centro médico.

A lo largo de los pasillos blanquecinos de Cadafe —hoy en día, Corpoelec— se respira nostalgia. Cuando dos empleados conocidos se cruzan, ambos se sorprenden de que el otro siga todavía en la empresa. Muchos de los trabajadores han sido reubicados en las distintas sedes del país; muchos renunciaron y otros tantos se fueron del país.

Otro mes, otra caja

Una vez al mes, en Corpoelec entregan la caja CLAP a los jubilados, aquellos que reciben una pensión mensual equivalente a tres o cuatro dólares. Desde muy temprano, los antiguos empleados, ya ancianos, caminan lentamente a lo largo de la pasarela que lleva al comedor.

En el comedor y las adyacencias, los ancianos esperan hasta las once de la mañana, momento en el que se van poniendo de pie y se forman en una fila zigzagueante. El camión con las cajas marrones está allí desde temprano, pero no es hasta al mediodía que empiezan a repartirlas. El monto no lo pagan los ancianos en ese momento, sino que se les descuenta más tarde por nómina.

Muchos de los ancianos aprovechan la ocasión para dirigirse al piso 1 del edificio principal, en donde se encuentra Nómina. Allí, renuevan una vez más su fé de vida. La oficina, en donde se solía sacar la nómina de la empresa, parece haber quedado exclusivamente a disposición de los ancianos. 

Son personas que le han dedicado diez, veinte y hasta cuarenta años a la empresa. Sus recuerdos son de Cadafe, no de Corpoelec. El color rojo del enrejado no dejará de chocarles, pues llevan tantos años habituados al azul eléctrico de antes. Cuando se sientan en lo que fue alguna vez el comedor de la empresa, no pueden evitar recordar las comidas que allí se preparaban, las largas colas que daban la vuelta a lo largo del circuito.

En Corpoelec se respira nostalgia.