Los vigilantes del tiempo

CARACAS, Venezuela. — Roberto Bolaño trabajó un tiempo como vigilante nocturno en el sur de España. Así lo narra el escritor chileno en algunos de sus libros y entrevistas, en donde explica cómo la tranquilidad de aquellas noches solitarias le permitía leer, bajo la luz de una linterna, y reflexionar sobre futuros trabajos. Proyectos que, más adelante, se convertirían en obras indiscutibles de la literatura universal.

“Camping La Estrella se llamaba”, recuerda Bolaño. Aunque su sueldo era modesto, el escritor podía permitirse alquilar un departamento y pagar las necesidades básicas del hogar: comida diaria, ropa y, para un devorador de libros como él, literatura a la carta, gracias a una de las librerías de Girona.

En Venezuela, hubo también un tiempo en donde el oficio de la vigilancia permitía tales comodidades. Era este entonces ejercido por hombres de treinta, cuarenta y hasta cincuenta años. Se asociaba muchas veces la imagen del vigilante con la del policía, pues ambas ramas gozaban de cierta autoridad y respeto, cada una a su manera.

Un vigilante era una persona con conocimientos básicos de seguridad y defensa, apta y dispuesta ante los escenarios menos imaginables. 

El paso de los años

El tiempo, sin embargo, así como las condiciones sociales y económicas cambiantes, cobra factura de los pilares más básicos y, en ocasiones, desapercibidos de la vida cotidiana.

En donde se sentaba antes un hombre joven y de buena salud, permanece hoy en día un anciano de huesos frágiles, cuya camisa azul o blanca característica es de una talla tres veces más grande a la suya. Mientras que antes un vigilante podía pasar un examen para portar un arma de reglamento, en la actualidad el presupuesto del empleador no cubre ni una linterna, mucho menos una macana. 

En Venezuela, el día de hoy, no existe la jubilación para un vigilante: el oficio del vigilante es la jubilación en sí.

Incapaces de llegar a fin de mes con la pensión asignada, en donde un paquete de un kilo de Harina Pan representa casi el 35% del monto, son numerosos los casos de personas de la tercera edad que buscan un trabajo sencillo, que les permita un sueldo mínimo y una silla en la cual sentarse.

Dos Harina Pan en lugar de una

Como Esta vida nuestra ha podido constatar, en la gran mayoría de edificios residenciales de Caracas que cuentan con una compañía de vigilancia privada, los salarios son muy bajos y los horarios exceden por mucho aquellos establecidos por la ley.

Quedaron atrás los relevos de turno. Un vigilante, para cumplir con 48 horas de trabajo semanales, suele trabajar dos días completos a la semana, en un horario de 24 horas corridas. En algunos casos nada excepcionales, se acostumbra incluso evitar el pago doble de transporte, trabajando las 48 horas en una sola sentada.

El salario es mínimo y los beneficios, así como la motivación, inexistentes. No hay descansos, más que el de estirar las piernas. Al vigilante que se le descubra una noche durmiendo sobre su escritorio, se le ve en la calle al día siguiente.

La comida consiste en lo que traen ellos mismos de sus casas. Aunque en algunos casos favorables en las comunidades privadas, los vecinos de estas les obsequian comida ocasionalmente: una barra de pan, un plato de sopa o un café negro cargado para afrontar la larga noche en vela. 

Las mismas expectativas del pasado

A pesar de estos cambios, son muchas las personas que esperan de los vigilantes los mismos resultados que en el pasado.

Se le reclama a un septuagenario por haberse quedado dormido durante su turno a las tres de la mañana. Se le atribuye la culpa a un vigilante, desarmado y sin la formación adecuada, por no haber impedido el asalto violento a un negocio.

En las comunidades de edificios se habla de contratar a personas más jóvenes y con mejor preparación. Pero no hay nadie de estas características dispuesto a hacer el trabajo por la misma remuneración. Y si se sugiere incrementar el presupuesto para esta medida, son muchos los propietarios que se ven en la imposibilidad de cubrir el gasto. 

Después de eternas discusiones, se llega entonces al mismo resultado. Los vigilantes seguirán siendo ancianos y necesitados del trabajo y el poco dinero que ofrece. Así como por otro lado, los que pagan ese sueldo permanecerán también en su derecho de quejarse, al momento de un robo o una música alta a las cuatro de la mañana.