¿Quién es el «tío Ramón» del que tanto se habla en París?

PARÍS, Francia. — Ramón Sena es de complexión fuerte. Tiene unos ojos alegres que lo miran a uno siempre con curiosidad. Pasa una parte del año cuidando el piso de su hermana aquí en París, en donde muchos de sus conocidos, veinte y hasta treinta años menores que él, lo llaman el tío Ramón. “Prefiero reunirme con gente joven”, dice, “los de mi edad se pasan el día jugando a las cartas”.

A Ramón le encanta relatar historias. Y nadie pone en duda la veracidad de estas. La forma en que habla, deja en claro una convicción y una sinceridad poco comunes en el día a día parisino. Ramón disfruta contando las numerosas anécdotas que le ha dejado la vida. Cuando le preguntamos si estaría interesado en una entrevista para Esta vida nuestra, no pudo estar más emocionado con la idea.

Su apellido Sena proviene del catalán, de unos comerciantes catalanes que hace seiscientos años arribaron a Valladolid. “Al menos eso le dijeron a mi padre”, dice Ramón, “cuando en la época le hicieron su árbol genealógico”. Nació, sin embargo, en Murcia, y es de padre gallego y madre catalana.

Tuvo una infancia afectada por la bronquitis. Una noche, la comadrona que cuidaba de él lo dejó bajo una ventana abierta. El viento arrasaba frío y, para cuando su abuela se dio cuenta, él ya había cogido un buen resfriado, que luego se convirtió en una fuerte bronquitis que lo atormentaría durante los próximos seis años.

En la calle frente en que vivía jugaban todos los chicos del vecindario. “Jugábamos a pelearnos”, dice Ramón, encogiéndose de hombros, “porque era el único juego que había”. Las bicicletas de la época eran tan pesadas, que ni entre cuatro podían echarlas a andar. Además, siempre cabía la posibilidad de que se les viniera encima.

De su casa, Ramón recuerda siempre con cariño y nostalgia las reuniones familiares. “Siempre había reuniones en la casa, y terminábamos todos cantando de la alegría. Y eso que ni siquiera era navidad”, dice Ramón. En navidad, iban de otras casas a la de Ramón, y celebraban todos juntos grandes reuniones. Si había algo inalterable, algo lo suficientemente sólido para probar ser irrompible, era la familia.

Su infancia, por otro lado, a parte de la bronquitis, se vio marcada por el franquismo. “En el colegio a los maestros no les importaba si no sabías sumar”, recuerda Ramón, “pero lo que no te permitían es que no te supieras de memoria el credo o el padrenuestro”.

Los chicos de pueblo de Murcia no tenían demasiadas expectativas a futuro. Los hombres morían jóvenes. Se estudiaban oficios, no profesiones. Ramón intentó por un tiempo algunos oficios, pero perdía siempre el interés.

Todo cambiaría más tarde cuando en 1966, a los dieciséis años, Ramón se mudó a Barcelona.

Barcelona

“Quedé alucinado”, dice Ramón al recordar sus primeros días en Barcelona. “Era algo nunca antes visto, algo maravilloso”. Para un muchacho proveniente de un pequeño pueblo de Murcia, Barcelona era como descubrir un mundo totalmente diferente.

Su primera gran impresión de la ciudad ocurrió cuando se acercó al puerto. Una multitud se había juntado para recibir a los estadounidenses que llegaban a la costa. Rápidamente volaron por los aires tomates, piedras y trozos de madera. La gente arrancaba los adoquines del suelo y se los lanzaba también. “Se me hizo muy agradable y al mismo tiempo muy extraño”, ríe Ramón al recordarlo. “Para aquél entonces, los estadounidenses que visitaban Barcelona creían tener la reputación de reyes: llegaban y arrasaban con todo, incluidas las mujeres”.

Servicio militar obligatorio. A la izquierda, Ramón.

Cerca del puerto, estaba el Barrio Chino —hoy en día el Raval—. “Allí”, dice Ramón, “empezó realmente mi adolescencia”. Con dieciséis años, Ramón descubrió un mundo todavía más distinto al anterior. “Había bares alucinantes, en donde tenían la barra a un lado y al otro una fila de mujeres. Mujeres del amor, como yo les decía”.

En los años 60′, en Barcelona no se hablaba casi el catalán. “Franco quería acabar con el catalán y el euskera”, dice Ramón. “Quería dejar nada más el castellano”. Siempre yendo en contra de la marea, la primera frase catalana que aprendió Ramón fue fill de put, y la puso en práctica en el peor de los momentos imaginables.

Una noche, a Ramón y a unos amigos suyos los detuvo en la calle la policía franquista. “Casi enseguida comenzaron a darnos a palos”, cuenta Ramón, “y nos decían cosas como eh, este se parece a mi hijo, coño”. Ramón entonces le espetó a uno de los policías la primera —y única entonces— frase que sabía en catalán: fill de put. “No hace falta decir que me dieron de hostias como a ninguno”.

A los dieciocho años, Ramón fue enlistado para cumplir con el servicio militar obligatorio. Sucedieron entonces unos largos catorce meses durante los cuales, en sus descansos, él intentaba escabullirse para llegar a Murcia haciendo autoestop. En una ocasión, se rompió la mano y lo internaron en el Hospital Militar de Sevilla. “Eso no me detenía, y por la noche me escapaba. Hasta que salió una monja a la que llamaban la metralla, que estaba a cargo de los enfermos. Gracias a ella, me obligaron a dormir en pijama, de forma que no me escapara”.

Luego de salir del servicio militar, Ramón se puso a trabajar. Ya en el pasado había intentado sin éxito los oficios de tornero fresador y ebanista. Hasta que su padre, quien para la época era teniente de transmisiones republicano, lo introdujo en la industria de la telegrafía.

“Tenías que hacer seis meses de escuela en Madrid”, explica Ramón. Luego de eso, como el gobierno necesitaba gente, Ramón pasó a completar contratos eventuales. “Mi padre me contaba que ellos iban a las universidades e intentaban reclutar a los estudiantes”, dice Ramón, “pero cuando les decían lo que les iban a pagar, ellos se descojonaban de la risa”.

Fotografía de Miguel Pacheco para Esta vida nuestra

Tenías a Franco hasta en la sopa. Si ibas a ver una película, la interrumpían con noticieros, y ahí tenías a Franco. Primero era Franco, luego Dios.

A pesar de que estuvo poco tiempo trabajando como escucha de telégrafos en Barcelona, Ramón hizo muchas amistades. “Entré con veintiún años. Era 1971”.

Poco tiempo después, Ramón se casó con una muchacha de Salamanca. “Nos queríamos ir a Canarias a como diese lugar”, cuenta Ramón, “pero si nos íbamos como novios, sin casarnos, a la madre de ella le daba un infarto”.

Ramón no fue nunca devoto a la religión. Cuando se tuvo que confesar, para así poder casarse por la iglesia, el cura le dijo a la que sería su esposa: “Mira, te lo doy confesado. Pero este no cree en Dios ni en nada”. A lo que Ramón le respondió que el que no cree no peca.

Al cabo de unos días, Ramón y su esposa pidieron en el trabajo traspaso a Canarias. Para la época, a Canarias enviaban a los empleados solo por penitencia. Cuando llegaron a la isla, ella con veintidós años y él con veinticuatro, les preguntaron qué habían hecho para acabar allí. “Eran raros los voluntarios”, ríe Ramón. Corría entonces el año 1975, y ocurrió que su mudanza concordó con el inicio de la Marcha Verde y la caída de Franco.

La de Canarias fue una época que trajo grandes alegrías a la vida de Ramón. Entre ellas, el nacimiento de su primera hija. “Se vivía muy bien”, dice Ramón, “yo solía sentarme en el parque Santa Cataluña, y me tomaba algo y nada más veía a la gente pasar. Había una terraza inmensa. El edificio en sí era inmenso”.

Recorte de diario suministrado por Ramón.

La huelga

Ramón ha tenido siempre sus principios muy claros. Su radicalidad a favor de los trabajadores ha sido tal, “que ni un solo jefe ha sido capaz de poner mi motivación en duda”, dice.

En varios momentos de su vida, a Ramón le tocó enfrentarse contra Correos de Barcelona. El golpe más fuerte sucedió cuando, ocupando el puesto de secretario de acción sindical, se enteró de las condiciones bajo las cuales trabajaban varios de sus colegas, y el caso omiso que hacía la directiva de esto.

“Los trataban como verdaderas mierdas”, dice Ramón de los trabajadores. El semblante se le ha puesto muy serio y la sonrisa habitual se le ha borrado de los labios. “Les hacían la vida imposible. Sobre todo a una trabajadora, que luego comenzó a sufrir de depresión”. Ante la respuesta escueta de la directiva, Ramón decidió tomar el asunto en sus propias manos, y comenzó una huelga de hambre que se dio a conocer en toda Barcelona.

Durante los primeros días de huelga, Ramón recibía a la prensa casi a diario. “Era un centro de setecientos empleados”, dice, “no podían sacarme”. Ramón peleaba por todo aquello en lo que creía, y no peleaba por él, sino por todos.

Al doceavo día de huelga, un médico le informó que estaba sufriendo de retención de líquidos y que, si quizás no le afectaba inmediatamente, podría hacerlo a futuro. Dos días después, el director de Correos de Barcelona fue a hablar con él. “Mira”, le dijo a Ramón, “no te podemos dar todo lo que pides. Pero tú deja la huelga de hambre de aquí a unos días, y ellos dejan de ser jefes”.

De manera que Ramón dejó la huelga al día dieciséis de haberla comenzado. Una semana más tarde, los jefes dejaron de serlo. “Cada uno por su ventanilla correspondiente”, dice Ramón.

A pesar de que a Ramón lo jubilaron a los 57 años, continuó trabajando como militante. Muchos le decían que no podía hacerlo debido a estar retirado, pero él no abandonó nunca sus ideales ni su activismo. Aún hoy en París, cuando viene de visita por algunos meses, no puede evitar preocuparse por las condiciones de trabajo de algunos de sus conocidos. Aquellos que con cariño se refieren a él como tío Ramón. Sin titubeos, se enfrenta a jefes que apenas entienden el español, y que cuando hablan con él, parecen de pronto entenderlo menos.

Ramón fotografiado por Luis Longo (en Instagram como @Longuito)

Días oscuros

No todo en la vida de Ramón Sena han sido logros y alegrías. Ha vivido momentos difíciles. Uno de los que más le ha afectado a él y a los que lo rodean: la depresión.

“De la noche a la mañana empecé a no querer estar con nadie”, nos cuenta Ramón. En este punto, su voz se ha apagado y se le ve incómodo en la pequeña silla de madera del café, la misma en donde hacía un par de minutos reía sin cesar. “Empecé a beber más de la cuenta. Más de una vez despertaba en el suelo, en medio de la calle, y cosas así”.

Ramón nos confiesa que aquí, en París, era capaz de disimular bastante bien su estado real de ánimo, y los que lo conocen son testigos de ello. Ramón, por su eterno humor alegre, no es una persona de la que se sospeche que sufre depresión. “En España, uno de los peores momentos fue cuando me puse delante de un autobús. Lo detuve en seco. Poco después me dije: no seas torpe. Le estás armando un lío a los que te rodean. Cambia ya, o vete para el otro barrio”.

En varias ocasiones, Ramón contempló la muerte. La depresión se lo tragaba entonces como un abismo. “No supe matarme”, intenta reír de nuevo Ramón, “qué inútil”. En España, finalmente decidió acudir a un psiquiatra. Durante los primeros treinta minutos de la primera sesión, intentó decirle todo cuanto pudo. Le recetaron una docena de pastillas y un tratamiento psiquiátrico. Al cabo de un mes, Ramón no quería hablar ni ver a nadie. Su hija mayor iba a visitarlo.

“En el hospital me hice amigo de todos”, cuenta Ramón, “hice muchas amistades en medio de la tragedia”. Cuando entró en el tratamiento, Ramón no comía ni dormía. A los seis meses, salió de allí.

Hoy en día, Ramón ha mejorado mucho. Pero sabe que debe mantener un estilo de vida estable, o la depresión puede volver con fuerzas renovadas. Por otro lado, la enfermedad le ha permitido comprender hasta qué punto un trastorno psicológico puede afectar a una persona. Le ha permitido también ponerse en el lugar de la trabajadora por la cual tanto luchó años atrás.

De la misma forma, Ramón insta a quienes sufren de depresión a buscar ayuda. “Yo lo hice en mi peor momento”, dice Ramón. “Tienes que hacerlo. O buscas ayuda, o desapareces”.

Para finalizar, le preguntamos a Ramón qué le diría a un joven de veinte años que esté en busca de su camino. “Que pelee por aquello en lo que cree”, contesta, “tenga veinte, treinta o cuarenta años. Que curiosee, que vea. Se tiene que intentar ser uno mismo, a pesar de las limitaciones que imponga la sociedad”.

“Esta vida nuestra… no es esta vida mía. Es nuestra vida. Y para que la vida sea placentera, y sea una vida de la cual estés orgulloso, tienes que respetar a los demás. No busques ser el ombligo del mundo.”